31 agosto 2012

#21. TRILOGÍA 50 SOMBRAS DE GREY - E. L. James



No formo parte del grupo de lectores que encumbran estas novelas pero tampoco considero justo el menosprecio mostrado en algunos foros y reseñas. Parece ser que sólo existen dos opciones posibles: rendirte a los pies de Christian Grey o considerar esta historia un bodrio con mayúsculas que sólo puede conquistar a aquellos que no entienden de literatura (comentario que ya he leído y que me resulta, con todos mis respetos para quien lo ha emitido, un tanto presuntuoso y doloroso para aquellos lectores que habiendo leído estos libros no compartan su opinión).

Y yo me pregunto: ¿por qué esta antipatía?

22 agosto 2012

EL FINAL DEL VIAJE

Terminar un libro es llegar a...

EL FINAL DEL VIAJE

Consumir el retorno de nuestro billete a la desconexión y despedir, con el corazón encogido, a quienes nos han acompañado durante el viaje. Hemos reído con ellos y llorado con ellos. Hemos sentido su sorpresa, su ansiedad, sus nervios, su calma y su plenitud.


Vernos arrastrados al momento de cerrar tras nosotros la puerta que cruzamos hace días y que nos ha transportado a un hogar diferente, sabiendo que podremos volver a él siempre que lo deseemos pero que ya no tendrá la misma magia de nuestra primera estancia. Regresar sera maravilloso pero... sin duda diferente pues hemos consumido la inocencia de la primera vez.

Deslizar nuestros ojos por el último renglón y saber, sin paliativos, que toca volver a la realidad y sufrir el "síndrome postimaginacional". 

Cerrar un libro cuando ya se nos ha entregado por completo, pasar el duelo y... simplemente, abrirnos de nuevo a los que están por venir. 


Hoy me despido de quién me ha tendido la mano durante días, y aunque sólo han pasado unas horas ya siento nostalgia de él. Nostalgia que sólo puedo diluir dejándome atrapar por una nueva mano amiga, una mano que sé que ya está esperando por mí.



19 agosto 2012

#20. POR LOS PELOS - Marian Keyes


SINOPSIS

Tara: treintañera, con serios problemas de autoestima y un novio que se dedica a criticarla. Katherine: treintañera, incapaz de aventurarse a tener cualquier clase de relación con un hombre. Fintan: treintañero, gay con pareja que trata de ayudar a sus dos mejores amigas para que sean felices. Preocupaciones comunes: una pareja estable, el sexo, el peso y el empleo. Aficiones comunes: emborracharse juntos y contarse sus más íntimos secretos. La última oportunidad: llegará a través de los deseos de un moribundo. Es entonces cuando podrán salvarse por los pelos de una existencia infeliz. Con un realismo que entronca con la gran tradición narrativa irlandesa, no exento de humor, Marian Keyes nos deleita en Por los pelos con las peripecias de estos jóvenes, en la línea del Diario de Bridget Jones, pero retratando magistralmente las contradicciones de los protagonistas y con un sólido sentido de la vida real.


La lectura de este libro ha sido para mí una auténtica montaña rusa. Como esa prenda que tanteas en la tienda y acabas comprando entusiasmada por las adulaciones recibidas, pero que luego, lejos de la emoción compartida en el comercio y una vez con ella en casa no te convence :-/, no te sientes cómoda con ese atuendo. Hasta que de repente un día, sin explicación aparente, parece favorecerte y no dejas de elegirla de entre todo tu vestuario.

14 agosto 2012

EL ÚLTIMO TREN


Una nueva locura de la que espero disfrutéis.



EL ÚLTIMO TREN



La BlackBerry vibraba de nuevo en el interior de su bolsillo y no pudo evitar exhalar un suspiro mezcla de cansancio y resignación. Estaba claro, tenía un nuevo apéndice que le iba a costar amputar. Echó una ojeada a la pantalla: Antonio, su jefe. Decidió no responder. No se trataba de nueva e irreconocible rebeldía sino que había llegado el momento de subir al tren, buscar su asiento y acomodar el equipaje. «Luego le llamo» pensó, y billete en mano se encaminó al vagón.
Tomó asiento y mientras buscaba la llamada perdida para devolverla, la anciana que de pronto estaba sentada a su lado le dejó claro que ansiaba entablar conversación. «¡Oh Dios! ¿Por qué yo?» pensó a la par que la miraba con la más agradable de su repertorio de falsas sonrisas.
─Perdone, ¿me decía algo? ─le preguntó educadamente.
─Sí, hijo, te preguntaba si estabas de regreso a casa ─respondió la anciana
─Sí, sí, vuelvo a casa ─dijo mientras repasaba en su cabeza todo lo que debía hacer cuando llegara: «El traje a la tintorería… llamar al Sr. Domínguez para que me confirme la fecha de la próxima reunión… pasar por la oficina a recoger el informe de Industrias Artenorte… ¡y quedarme! porque seguro que Ramírez ha accedido a vernos… ¿Debería cambiarme de camisa?».
─¿Estas casado? ─continuó preguntando la anciana interrumpiendo su retahíla.
─Sí, sí, estoy casado ─«Qué mala es la soledad, ¿qué le importará mi estado civil?» pensó.
─Oh, ¡es estupendo! Entonces tienes a alguien que te espera en casa y eso es todo un regalo ─exclamó la anciana.
─Sí, sí, tengo mucha suerte ─«¿Avisé a Silvia de que no podré pasar por casa hasta la noche?» dudó. Si el jefe le había llamado seguro que era para decirle que Ramírez había confirmado que podría pasarse por la oficina al final de la tarde, algo con lo que ya había contado de antemano. Ramírez sabía lo que le convenía a su negocio. «Tengo que devolver la llamada a Antonio ¡ya!» recordó, y de nuevo centró toda su atención en su pequeño e indispensable dispositivo. ¿Cómo? ¡Tenía 4 e-mails nuevos! Y un mensaje de texto de Silvia: “Qndo llegas? Llámame” «Joder, no la he avisado».
─¿Hijos? ─intervino de nuevo la anciana.
─¿Cómo? ─preguntó desconcertado al darse cuenta de que esa mujer no se daba por vencida.
─Que si tienes hijos ─parafraseó inquisidora.
─Sí, tengo un hijo.
─Oh, ¡es maravilloso! Los hijos nos dan tantas alegrías, y también preocupaciones pero… merece la pena disfrutarlos. ¿Qué edad tiene? ─continuó.
«¿Cuántos años tiene? ¿Va a hacer 5 ó 6?» intentó contar mentalmente el número de velitas que aparecían en la fotografía de su último cumpleaños. No era capaz de visualizarla, ¿cómo podía no recordar la edad de su hijo? La mujer intuyó sus dudas y le espetó:
─Bueno, a veces la vida es una vorágine en la que las cosas más importantes se pierden entre lo más banal, querido.
«¡¿Lo más banal?! ¿Acaso está insinuando que mi vida está llena de banalidades? ¡Lo que me faltaba por oír!»
─Tengo muchísimo trabajo, viajo constantemente, mi mujer se ocupa de los cumpleaños y todas esas cosas. A veces simplemente me despisto ─se justificó lleno de un dolor desconocido.
─Pues eso hijo, las cosas importantes de esta vida se nos pierden entre lo más banal.
─El trabajo no es algo banal ─respondió él irritado.
Sí, estaba enfadado pero no tanto con la anciana como con él mismo, ¿cómo podía no acordarse de la edad de Miguel? ¿Cómo podía no haber avisado a Silvia? ¿Qué día habló con ella por última vez? Llevaba varios días fuera y no tenía noticias de casa, sólo mensajes y llamadas perdidas de su esposa que se perdían entre las de tanta gente ajena como llenaba su agenda.
─Lo siento hijo, tal vez me he excedido en mi apreciación. Efectivamente es fundamental ser trabajador en este mundo donde el dinero es el más valioso de los metales ─respondió la mujer con expresión apenada y continuó ─pero la sonrisa de nuestros hijos… los besos de nuestra pareja… las caricias de nuestros padres… los abrazos de nuestros amigos… son… ─suspiró y tras una pausa añadió ─Ahora que a mi edad mis hijos se han ido a trabajar lejos, que mis padres me velan desde el cielo, y que he sobrevivido a mi marido y amigos… Ahora es cuando lo importante y lo banal cobra un significado muy diferente al tuyo. Es tarde para mí pero puede ser el momento para ti
La vibración de la BlackBerry en la palma de su mano le sobresaltó, se había quedado prendado de la profunda y húmeda mirada de la mujer. Desconcertado miró la pantalla: el jefe. Descolgó y dijo:
─Mañana hablamos Antonio 
─¿Cómo que mañana…? ─escuchó a lo lejos mientras apretaba el botoncito rojo.
Levantó la vista del cachivache diabólico y cuando se disponía a continuar la conversación con… «Increíble, ¡ni siquiera le he preguntado el nombre!» se encontró con un asiento vació. «¿Dónde se habrá metido?¡Si ha sido un segundo!». Se levantó y la buscó con la mirada, inquieto. Entonces la chica que estaba sentada al otro lado del pasillo le preguntó:
─¿Está usted bien? ¿Busca a alguien?
─¿Ha visto a dónde ha ido la anciana que estaba sentada a mi lado?
─¿Perdón?
─Sí, una mujer pequeñita con el pelo y el vestido blancos ─insistió gesticulando para apoyar su descripción.
─Disculpe Señor pero ha viajado solo. Nadie ha ocupado ese asiento 


10 agosto 2012

NO HACER NADA de Elvira Lindo


Además de enormes mantas con grandiosos estampados, entre las labores de otros se encuentran pequeños "tapetes" de delicados puntos que merece la pena rescatar. ¿El último con el que adorno esta pequeña habitación de vida? NO HACER NADA de Elvira Lindo, por arrancarme una sonrisa y porque, sin duda, más de uno y de una se sentirá identificado ;-).





    Hubo un tiempo en el que podía pasar horas tumbada en el sofá leyendo. ¿Qué ha pasado para que ya no sepa hacerlo? Imagino que los años van a aumentando la consciencia del tiempo. Pero no es sólo eso. Creo que las servidumbres a los aparatos electrónicos me han acabado robando el sosiego. Me tumbo en el sofá con la ilusión de sumergirme en un libro. Tengo a mi lado el teléfono móvil. Dicho móvil me avisa cuando me llega un sms, un WhatsApp, un mensaje de facebook, uno de instagram o un email. He tratado de borrar esas aplicaciones tan prácticas, pero, burra como soy en el lenguaje informático, no sé cómo hacerlas desaparecer y que mi móvil vuelva a ser lo que era, un celular sin gracia. Cuando llega a casa uno de esos jóvenes que nos rodean y que se conocen al dedillo todas las posibilidades del dichoso teléfono me olvido de decirle que necesito recobrar mi libertad. O, confieso, me dejo engatusar por sus mentes electrónicas que me convencen para que sume un aplicación más a las que ya tengo, “ah, pero… ¿no tienes agenda en el teléfono?”. Pues no, pero ya que me la instala empiezo a usarla.


    Me hundo en el sofá después de comer. A un lado, el mando a distancia, a fin de ponerme un documental que me cuente un cuento con la voz de un actor de doblaje; al otro, el teléfono, por si me llaman, y, encima de la barriga, el libro, al que deseo dedicarle toda mi atención.

    No sé cómo pero presiento que la pantalla del móvil se ha iluminado, y eso que lo he dejado fuera de mi campo de visión. Lo chequeo. Primero, los mensajes de texto, luego los de facebook, los del correo electrónico y, finalmente, le echo un vistazo a las últimas fotos colgadas en el instagram. Mientras miro esto y lo otro, me llaman. Hablo un rato, diez minutos. Cuelgo, recorro de nuevo todos mi buzones. Saco una foto a mi perrilla, que está tan mona, a mis pies. Ya que estoy, la edito en el instagram. Luego, encantada con el resultado, la cuelgo en el facebook. Y, como sé que fulanita no tiene facebook y no la podrá ver, se la mando por correo electrónico.

    A todo esto ya llevo veinte minutos malgastados de siesta. Me empiezo a sentir culpable. Tengo tres artículos por escribir y no he empezado con ninguno. Me empieza a doler la espalda. Pienso que no es bueno estar tanto tiempo tumbada. Me levanto. Hago unos estiramientos. Pero antes de volver al ordenador decido que debo relajarme un poco. Me vuelvo a tumbar. La pantalla de nuevo se ilumina. Me informa de que a un amigo de instagram le ha gustado mi foto de Lolita echando la siesta sobre mi pie. Gracias, pienso. Y lo escribo, gracias. Miro el reloj. Me concedo quince minutos para una siesta que me enfríe el cerebro antes de ponerme a escribir. Cierro los ojos. Escribo el primer artículo mentalmente. La frase de inicio. La cambio varias veces. Abro los ojos porque el locutor del documental está narrando cómo las hienas se zampan un cervatillo. Qué asquerosas. Cambio a la Primera. Con “Amar en tiempos revueltos” se puede dormir porque todos los personajes hablan bajito. En la posguerra debía ser así. A los tres minutos acaba el capítulo, se enciende de nuevo la pantalla de mi móvil, y advierto que he perdido la modorra, ese adormecimiento gustoso. Me levanto. Sigo cansada, pero tengo que ponerme a trabajar. Y pienso en qué especialista podría visitar para que me enseñara a no hacer nada. Como en los viejos tiempos.






07 agosto 2012

DE MÍ, PARA TI


¿Cofres que atesoran perlas del alma? ¿Cajas fuerte sin combinación que custodian el tesoro de nuestra creatividad? ¿Cuevas en las que se refugian nuestros sentimientos más íntimos? ¿Alacena dónde guardar terrones de vida?

Puede, tal vez, es probable, quizá.

Pero... en el fondo sólo papel y tinta, perenne y a la vez mortal frente a la ira de las llamas, la humedad de la lluvia, el filo de la navaja o la desesperación de unas manos. 

¿Mortal? Sí, mortal incluso aunque sobreviva al fuego, al agua, al acero, al hombre; porque... nada sobrevive al tiempo, ni siquiera el recuerdo de lo que guardaba perdurará por siempre intacto. Solo quedará la magia de haber latido ese instante, esas horas... esos días... en mis dedos y en tu alma; y de que tal vez mañana lo haga en otra, y en otra, y en otra... fruto de la caridad del paso de las estaciones y de la gentileza de quien me regala, sin ser digna, un pedacito de lo aquello más valioso y letal: tiempo.
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