31 octubre 2016

FELIZ HALLOWEEN

Fuente
Hoy es el día del truco o trato, de los muertos vivientes, dráculas, brujas y demás espíritus o miembros del gremio. Es una fiesta de origen pagano que celebra el final del verano y el comienzo del año nuevo celta, en torno a la que gira también la creencia de que los muertos caminan entre los vivos. En España simplemente es la víspera del día de Todos Los Santos, pero también una tradición extranjera que cada vez es más nuestra (llamadlo... ¿globalización?, ¿interculturalidad?, ¿influencias?, cómo queráis).

Así que... imposible dejar pasar este día sin aludirlo de algún modo. Este año quiero tenderle la mano a una aguja que sin duda ha sabido tejer prendas de lo más idóneas para arroparnos en una noche como esta: Edgar Allan Poe, maestro del relato corto, renovador de la novela gótica y especialmente recordado por sus cuentos de terror. 

Hoy, como siempre, elijo trato, y os hago entrega de una chuchería muy especial, un dulce caramelo que paladear en nuestra mentes: un relato corto de Poe.


Reconozco que no es precisamente terrorífico, que sería lo más acertado para celebrar este día, pero me ayuda a regalaros un mensaje también propicio en estas horas en las que muchos y muchas recuerdan a quienes ya no están: 

Fuente
 

No dejes pasar la vida obviando
 lo verdaderamente importante.
No atesores, simplemente vive
 y disfruta lo que hoy tienes
 al alcance de la mano, 
a la distancia de un abrazo,
a la vuelta de un vistazo,
porque tal vez mañana se vuelva inalcanzable.

EL RETRATO OVAL

(cuento)

Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1808-1849)

El castillo al cual mi criado se había atrevido a entrar por la fuerza entes de permitir que, gravemente herido como estaba, pasara yo la noche al aire libre, era una de esas construcciones en las que se mezclan la lobreguez y la grandeza, y que durante largo tiempo se han alzado cejijuntas en los Apeninos, tan ciertas en la realidad como en la imaginación de mistress Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recién abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en uno de los aposentos más pequeños y menos suntuosos. Hallábase en una apartada torre del edificio; sus decoraciones eran ricas, pero ajadas y viejas. Colgaban tapices de las paredes, que engalanaban cantidad y variedad de trofeos heráldicos, así como un número insólitamente grande de vivaces pinturas modernas en marcos con arabescos de oro. Aquellas pinturas, no solamente emplazadas a lo largo de las paredes sino en diversos nichos que la extraña arquitectura del castillo exigía, despertaron profundamente mi interés, quizá a causa de mi incipiente delirio; ordené, por tanto, a Pedro que cerrara las pesadas persianas del aposento -pues era ya de noche-, que encendiera las bujías de un alto candelabro situado a la cabecera de mi lecho y descorriera de par en par las orladas cortinas de terciopelo negro que envolvían la cama. Al hacerlo así deseaba entregarme, si no al sueño, por lo menos a la alternada contemplación de las pinturas y al examen de un pequeño volumen que habíamos encontrado sobre la almohada y que contenía la descripción y la crítica de aquéllas.
Mucho, mucho leí… e intensa, intensamente miré. Rápidas y brillantes volaron las horas, hasta llegar la profunda media noche. La posición del candelabro me molestaba, pero, para no incomodar a mi amodorrado sirviente, alargué con dificultad la mano y lo coloqué de manera que su luz cayera directamente sobre el libro.
El cambio, empero, produjo un efecto por completo inesperado. Los rayos de las numerosas bujías (pues eran muchas) cayeron en un nicho del aposento que una de las columnas del lecho había mantenido hasta ese momento en la más profunda sombra. Pude ver así, vívidamente, una pintura que me había pasado inadvertida. Era el retrato de una joven que empezaba ya a ser mujer. Miré presurosamente su retrato, y cerré los ojos. Al principio no alcancé a comprender por qué lo había hecho. Pero mientras mis párpados continuaban cerrados, cruzó por mi mente la razón de mi conducta. Era un movimiento impulsivo a fin de ganar tiempo para pensar, para asegurarme de que mi visión no me había engañado, para calmar y someter mi fantasía antes de otra contemplación más serena y más segura. Instantes después volví a mirar fijamente la pintura.
Ya no podía ni quería dudar de qué estaba viendo bien, puesto que el primer destello de las bujías sobre aquella tela había disipado la soñolienta modorra que pesaba sobre mis sentidos, devolviéndome al punto a la vigilia.
Como ya he dicho, el retrato representaba una mujer joven. Sólo abarcaba la cabeza y los hombros, pintados de la manera que técnicamente se denomina vignette, y que se parecía mucho al estilo de las cabezas de Sully. Los brazos, el seno y hasta los extremos del radiante cabello se mezclaban imperceptiblemente en la vaga pero profunda sombra que formaba el fondo del retrato. El marco era oval, ricamente dorado y afiligranado en estilo morisco. Como objeto de arte, nada podía ser tan admirable como aquella pintura. Pero lo que me había emocionado de manera tan súbita y vehemente no era la ejecución de la obra, ni la inmortal belleza del retrato. Menos aún cabía pensar que mi fantasía, arrancada de su semisueño, hubiera confundido aquella cabeza con la de una persona viviente. Inmediatamente vi que las peculiaridades del diseño, de la vignette y del marco tenían que haber repelido semejante idea, impidiendo incluso que persistiera un solo instante. Pensando intensamente en todo eso, quedeme tal vez una hora, a medias sentado, a medias reclinado, con los ojos fijos en el retrato. Por fin, satisfecho del verdadero secreto de su efecto, me dejé caer hacia atrás en el lecho. Había descubierto que el hechizo del cuadro residía en una absoluta posibilidad de vida en su expresión que, sobresaltándome al comienzo, terminó por confundirme, someterme y aterrarme. Con profundo y reverendo respeto, volví a colocar el candelabro en su posición anterior. Alejada así de mi vista la causa de mi honda agitación, busqué vivamente el volumen que se ocupaba de las pinturas y su historia. Abriéndolo en el número que designaba al retrato oval, leí en él las vagas y extrañas palabras que siguen.
“Era una virgen de singular hermosura, y tan encantadora como alegre. Aciaga la hora en que vio y amó y desposó al pintor. Él, apasionado, estudioso, austero, tenía ya una prometida con el Arte; ella, una virgen de sin igual hermosura y tan encantadora como alegre, toda luz y sonrisas, y traviesa como un cervatillo; amándolo y mimándolo, y odiando tan sólo al Arte, que era su rival; temiendo tan sólo la paleta, los pinceles y los restantes enojosos instrumentos que la privaban de la contemplación de su amante. Así, para la dama, cosa terrible fue oírle hablar al pintor de su deseo de retratarla. Pero era humilde y obediente, y durante muchas semanas posó dócilmente en el oscuro y elevado aposento de la torre, donde sólo desde lo alto caía la luz sobre la pálida tela. Mas él, el pintor, gloriábase de su trabajo que avanzaba hora a hora y día a día. Y era un hombre apasionado, violento y taciturno, que se perdía en sus ensueños; tanto, que no quería ver cómo esa luz que entraba, lívida, en la torre solitaria, marchitaba la salud y la vivacidad de su esposa, que se consumía a la vista de todos salvo de la suya. Mas ella seguía sonriendo sin exhalar queja alguna, pues veía que el pintor, cuya nombradía era alta, trabajaba con un placer fervoroso y ardiente, bregando noche y día para pintar a aquélla que tanto le amaba y que, sin embargo, seguía cada vez más desanimada y débil. Y, en verdad, algunos que contemplaban el retrato hablaban en voz baja de su parecido como de una asombrosa maravilla, y una prueba tanto de la excelencia del artista como de su profundo amor por aquélla a quien representaba de manera tan insuperable. Pero, a la larga, a medida que el trabajo se acercaba a su conclusión, nadie fue admitido ya en la torre, pues el pintor habíase exaltado en el ardor de su trabajo y apenas si apartaba los ojos de la tela, ni siquiera para mirar el rostro de su esposa. Y no quería ver que los tintes que esparcía en la tela eran extraídos de las mejillas de aquella mujer sentada a su lado. Y cuando pasaron muchas semanas y poco quedaba por hacer, salvo una pincelada en la boca y un matiz en los ojos, el espíritu de la dama osciló, vacilante como la llama en el tubo de la lámpara. Y entonces la pincelada fue puesta y aplicado el matiz, y durante un momento el pintor quedó en trance frente a la obra cumplida. Pero, cuando estaba mirándola, púsose pálido y tembló mientras gritaba: “Ciertamente ésta es la Vida misma”. Y volviose de improviso para mirar a su amada. ¡Estaba muerta!”.

“The Oval Portrait”, 1842.
Título originario, “The Life in The Death”
Cuentos, I, trad. Julio Cortázar, Madrid, Alianza, 1989, págs. 127-130.
Fuente del cuento: Blog Narrativa Breve


 ¡Feliz Halloween!
Que algún cuento terrorífico os abra la mente esta noche :)

19 octubre 2016

#95 UN FINAL FELIZ (EL LADO BUENO DE LAS COSAS) de Matthew Quick

EL LADO BUENO DE LAS COSAS
Matthew Quick
Editorial Debolsillo
280 páginas
Os presentamos a Pat Peoples, sufre de amnesia y ha desarrollado una teoría muy peculiar según la cual su vida es una película producida por Dios. Y la misión que le ha dado Dios es ponerse en forma y convertirse en un buen tipo para recuperar a su ex esposa. Bueno, Pat es un poco disfuncional y, por esta razón, ha pasado algunos años en un centro de salud mental.
Ahora ha regresado al hogar familiar y allí, con la ayuda de su madre (una sufrida mujer que acaba por declararse en huelga de cocina y limpieza), su padre (un hombre gruñón que no tiene otra manera de relacionarse con su hijo que viendo deportes por la tele) y su hermano (un calculador nuevo rico que termina por mostrar su lado sensible) emprende su particular plan de rehabilitación y reconquista.
Pero los caminos del señor son inescrutables, y el final feliz de Pat Peoples está muy lejos de ser como él había imaginado.

«Una historia entrañable y divertida que nos llegará al corazón.»
Publishers Weekly


Ver el vaso medio lleno, creer que después de la tormenta siempre llega la calma o, lo que es lo mismo, tener la certeza de que siempre hay mil soles en el reverso de las nubes. Hacer tuyo el lema de que lo que no te mata te hace más fuerte, perseguir los sueños aún sabiendo que a veces sueños son. Sonreír cada mañana, valorar lo aparentemente insignificante... en definitiva, ver el lado bueno de las cosas. 

17 octubre 2016

Concurso fotos y literatura

¡Hola tejedores!

Me asomo a nuestro costurero para informaros acerca de un concurso en el que me he animado a participar. No soy mucho (mejor dicho nada) de estas cosas pero... lo cierto es que tengo una foto con la que poder participar, una foto a la que le tengo especial cariño pues salgo embarazada de mi hija pequeña y... no sé, algún tipo de fuerza o impulso me ha animado a enviarla. En fin, aquí os dejo las bases por si alguno de vosotros también sentís esa fuerza o impulso ;-)

11 octubre 2016

Mes de la no novela y de la novela infantil y juvenil

¡Hola tejedores!

Fuente
Hoy me asomo a este costurero para hablaros de una iniciativa en la que participo y que organiza Laky, del blog Libros que hay que leer. Consiste en convertir el mes de noviembre en el mes de la no novela y de la novela infantil y juvenil.

¿Qué entendemos por no novela? Pues todos aquellos géneros fuera de la misma: relatos, ensayos, poesías, biografías, obras de teatro... Y por novela infantil y juvenil ya sabemos todos los lectores a que se hace referencia, aunque también se incluyen aquellas protagonizadas por un niño o un joven.

¿Qué os parece? ¿Interesante? En mi caso casi siempre toco algo de infantil durante el mes así que... me viene estupendamente unirme a esta propuesta. Esperemos que pueda caer algo más :)

 
Bases completas AQUÍ
Y mis aportaciones al mes temático son:

LA MAGIA DE LOS COLORES (libro infantil) - Reseña AQUI

08 octubre 2016

#94 LA VIDA DE LAS PAREDES de Sara Morante

LA VIDA DE LAS PAREDES
Sara Morante
Editorial Lumen
160 páginas
El primer libro escrito e ilustrado por la artista Sara Morante.

La vida de las paredes es la historia de un caserón de principios de siglo XX y de sus habitantes, una peculiar comunidad de vecinos que comparten sus vidas en torno a una escalera.

Sara Morante dibuja retratos de tinte surrealista enmarcados en un realismo casi costumbrista a través de un diálogo muy potente entre texto e imagen. Escenas muy visuales, un tanto oníricas, que se engarzan para crear una historia común: fotografías o cuadros que hablan durante la noche y se deslizan de un marco a otro, gárgolas perversas que cobran vida, una joven famélica desplumando a un jilguero para comerse hasta los huesos, una mujer que envuelve a su feto entre el hule sucio y paños de cocina...

Las paredes tienen vida y Sara Morante sabe poner palabras y color a un mundo insólito en este libro que incluye más de treinta ilustraciones. La vida de las paredes muestra el talento de la gran ilustradora en su máxima expresión.
Cuando el anochecer me pilla callejeando y los edificios se convierten en coladores de luz, me encuentro a veces pensando en cuántas vidas laten en cada esqueleto de ladrillo. Por supuesto, completamente desconocidas para mí, pero seguro que cada una con sus inquietudes... preocupaciones... alegrías... tristezas... Un misterio, o mejor dicho: un buen puñado de ellos, que disparan mi imaginación.

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